Les contaré una historia cierta, que ocurrió hace tantos años que pocos son los que se acuerdan alguna vez de ella; aunque cuando yo era niño, no era extraño oírla de boca de los viejos, para animar las veladas o dormir a los más pequeños. Cuando yo era neno, rapaz y pequerrico , digo, que no crecí hasta el día que llegaran a medirme para ir a la mili. Tiempos irreconocibles aquellos, en los que todavía los pueblos era pueblos, con escuela, cura, secretario y alcalde, de los de alma recia y vara desmedida; antes de que todos nos fuéramos a vivir a otra parte y con nosotros desaparecieran también los llobos , bruxas , mouros y responseiras de los cuentos de los buelos , de las historias que nacían a la luz de la llumbreira , al calor del llar , mientras las mujeres filaban el lino o amasaban el pan.
.-Misembano, ¿dónde estás?
.-Misembano, estoy aquí.
(Escucho en mi memoria todavía de niño el soniquete de la cantinela, el rebato de la ternura, y comienzo a contar ):
Estaba el pastorcillo con su rebaño en el bosque de “ La Urrieta Prauredondo ”: unas doscientas ovejas canijas y flacas que formaban el ganado de la campana –pues también había otro del cuerno, y otro más de la turuta-, y el pastorcillo, que no tendría más de ocho años, se entretenía en tocar su gaita de centeno, “tirulí, tirulirulí, tilurilulero”, dejando que la tarde se escapara, mientras soñaba -animado por el sonido de su flauta- en el día en que sus padres no fueran tan pobres y él pudiera ir a la escuela, como muchos otros niños de la aldea.
Tan ensimismado estaba el pastorcillo que no cayó en la cuenta de que una tormenta se aproximaba desde Portugal, rozando las cuncas de la sierra. “Rayos, truenos y centellas, chove, chove, zaracella, caen relustros qu´en rabellan. Las ovellas quedan espantallas y el probe rapaz corre, que te corre, tras d´ ellas”.
He de decir, de antemano, que había, entre todas las ovejas del rebaño, una diferente a las demás, más gorda que las otras, pues comía con avaricia y sin descanso, y con la lana ni blanca ni negra sino blanquinegra, es decir: rucia. A esta oveja no le gustaba andar con el rebaño, y además estaba de parto, así que quedó amonada al lado de una urz , bajo el puntón del cuérrago .
El parto fue breve, y de él nació un cordero rucio, que nada más posar sus changadicas patas en tierra, le dijo a su madre: “ Vaamonos, maadre ” (No es extrañar que los corderos hablen nada más nacer, pues sólo los indefensos humanos nacemos llorando). La madre le quitó la placenta a su hijo, lamió todo su cuerpo, y el cordero volvió a repetir: “ Vaamonos, maadre ”, pues barruntaba peligro. Pero la oveja, avariciosa como ella sola, desoyendo los truenos y las palabras del cordero, siguió donde estaba, ya que no tenía temor alguno al manto negro de la noche. Es más, reprendió a su hijo con las siguientes palabras: “Paciquemos, paciquemos, que mañana choverá y sotrodía nevará, o Dios sabe lo que fará” . Así que allí se quedaron, la una paciendo y el otro mamando.
Cuando el ganado llegó al pueblo y la gente salió a la calle para apartar los marones y encerrar las ovejas; el dueño de la oveja rucia, que era el ti “ Feíco”, hijo de la ti “Feíca”, nieto del ti “Feote”, echó en falta enseguida a la oveja y se lo reprochó al pastorcillo: “Ay de ti como non parezca, tu padre te dará tal manta de palos que no sentiras el llombo.” El pobre chaval pensó que aquello de la paliza podía ser cierto, ya que su familia recibía una imina de trigo por cada veinte ovejas que cuidaba todo el año, salvo que se perdiera una de ellas. El pastorcillo pensó que lo mejor era volver a buscar a la oveja rucia, y ya se encaminaba hacia “Prauredondo” cuando el ti feico le detuvo. “Espera, rapaz –le dijo-, temo que te afogues en el regueiro o rompas la pata en un joyo. Mejor será que vaya diendo contigo” .
Pero la oscura tormenta que se cernía sobre el pueblo era cada vez más negra, tal que el crepúsculo del infierno, bañado a cada minuto por las luces de los relámpagos y roto con cada trueno. No era tiempo de ir por los bosques buscando una oveja, así que el ti “Feíco” pensó que mejor sería cambiar de idea, mandar al pastorcillo a casa y esperar al día siguiente. Además, mientras tanto, podían acudir a la responseira , la ti Mariquita “Maricueña”, para que responsara por la vida de la oveja.
Mariquita, una mujer tan arrugada y vieja que nadie, ni ella misma, sabía qué edad tenía, porque hacía años que había perdido la cuenta, se encerró en un cuarto lleno de velas encendidas, para rezar, concentrado su espíritu en la imagen de la oveja. Al cabo de un buen rato salió, y le dijo al ti “Feíco”, con el semblante torcido: “ Es un caso en perdición. Ni el Espíritu Santo ni el santo Antón, tienen remedio para el lobo feroz” .
No eran en vano aquellas palabras de la anciana, pues rondaban por aquellos tiempos más de veinte familias de lobos en toda la sierra. Demasiados lobos para unos lugares que tenían cada vez menos ciervos, conejos y liebres, porque los hombres rondaban el monte con un novísimo invento: la escopeta de dos cañones. Demasiados, digo, para tan poca comida en años de fame , de manera que los lobos más viejos y débiles, antes de morir de hambre, solían aventurarse cerca de los pueblos en busca de alguna gallina clueca o algún perro fatu . Y así fue, en este avío, el cómo un lobo ya cano, de camino al pueblo, se tropezó en la “Urrieta Prauredondo” con la oveja rucia y su cordero, que pastaban tranquilamente.
Ellos, la oveja y su cría, al ver los dos ojos del lobo que brillaban como candiles en la oscuridad, quedáronse petrificados, con las lanas erizadas y llenas de electricidad.
Hubiera podido, el lobo, de inmediato, lanzarse sobre ellos de manera ágil y sin compasión, a sabiendas de que se trataba de una auténtica suerte el topar en su camino con dos mansas criaturas -quizás, su única oportunidad de comer en muchos días-. Pero el lobo, ya viejo, se había cargado a lo largo de su vida de cierta melancolía y algo de compasión, asuntos, estos, fatales para cualquier lobo por fiero que fuese, y que solían acabar de manera certera con la aparición de la Muerte. De manera que el lobo cano, de rabo descolorido, zambo de una pata y con la voz más que ronca engallecida, le preguntó a la oveja:
.-¿Por quién quieres que empiece, por ti o por tu corderito?
El cordero, al oír la voz del lobo, sintió tal escalofrío que comenzó a temblar de forma espasmódica, acurrucado entre las patas de su madre. La madre, con actitud valiente, testaruda como un marón , frunciendo su ceño con insolencia, quiso hacer frente al lobo con sus fuerzas. Pero fijándose en el pobre aspecto de su depredador, lo pensó con detenimiento. Mejor sería tratar de burlar al lobo con astucia. Le dijo la oveja al lobo:
.-Bueno sería, lobo feroz, lobo viejo y respetable que comenzaras por hincar tus colmillos en mí y comieras hasta hartarte, para luego, si en quedaras con gana , encetar la carne de mi hijo. Ahora bien, justo sería que antes de matarme, como era costumbre cuando joven, rondallero y lunático, como hacías tú y tus amigos cuando os reunías antes de comenzar la cacería, justo sería que cantases el Misembano.
Al lobo, aquellas palabras de la oveja consiguieron reblandecerle los sesos, incluso estuvo a punto de derramar un par de crueles lágrimas de morriña por aquella juventud perdida, del todo irrecuperable.
.-De acuerdo –le respondió el lobo cano a la oveja rucia, aceptando la treta-. Invocaré al Misembano-.
El Misembano... Pocos han oído hablar de él, y menos aún imaginan qué pueda significar o no esta rara palabra. Yo mismo, la primera vez que la escuché, cuando de niño me contaron la historia que ahora cuento, tampoco pude sospechar cual era su más hondo significado.
Pero Misembano no es otra cosa que odio en vano, así de sencillo, como lo son las rencillas entre vecinos, las guerras, o las luchas fraticidas entre los habitantes de este planeta, como el pulso que mantuvieron desde tiempos ancestrales el lobo y el hombre, y que ahora no es sino un juego en desiguales condiciones. Misembano, personificado, antropomórfico, es un personaje mitológico, un ser abominable, un alma encadenada y desterrada a las cavernas, un hombre monstruoso y errante que deambula solitario por los bosques y las fragas, los coutos y los adiles de carballos centenarios, en las noches cerradas sin luna, con un manto de pardo cubriéndo su cuerpo velludo, con la cara roída por el odio. Y cantar el Misembano, al fin, es lo mismo que invocar a este ser terrible, desear el odio en estado puro e irracional, que arranca desde lo más hondo de los instintos de las fieras salvajes, atraer hacia uno mismo la maldad atroz sin justificación posible.
Como prometió, el lobo comenzó a cantar:
.-“ La alegría y la tristeza
la baila el lobo feroz
el que rompe los zapatos
de pelleja de ratón
Misembano, misembano, misembano, va, no va.
Trilurí, triluritero
Tralarán, tranlarán.
Eu preñeu una pastora
Con la mía majadeira
los perricos guau, guau
y el lobo en el ganau
misembano, misembano, vano bien, vano mal
tralirú, tralirá
tarilú taritrán, tari taritantaritrán, tirulú taritanpar.
Diten los lobos del rey
el que tiene luz, luz come
y el que non, pasa sin él.
Misembano, misembano, misembano vien y va
ven aquí, ven acá
Misembano, ¿dónde vives?
Misembano, ¿dónde estás?”
El lobo cantaba a ritmo imaginario de tambor, cencerro y trompetilla de lengüeta esta vieja melodía, rudimentaria y juguetona de brincao pastoril, mientras la oveja se alejaba con su cordero a cuestas. Y a la pregunta aulladora del lobo: “Misembano, ¿dónde estás?”. Respondía ella, vacilante: “Misembano, estoy aquí”.
.-Misembano, ¿dónde estás? –preguntó el lobo con voz fiera-.
.-Misembano, estoy aquí- respondió la otra como mansa oveja-.
.-¡Misembano! ¿Dónde estás? –vociferó con todas sus fuerzas el lobo, poseído por el propio cántico.
Nadie le respondió esta vez. La oveja había echado a correr todo lo rápido que podía, tratando de alejarse lo más posible del lobo.
El viejo lobo, al verse engañado, y no sin gran desconcierto, echó a correr detrás de la oveja y su cordero, hasta las puertas del primer corral que la oveja encontró, a la entrada del pueblo, que era el del ti Bernardico. De un gran brinco (pues en esos momentos de terrible pavor cuando la vida está en juego y corre peligro de desvanecerse, se es capaz de realizar acciones que difícilmente podrían llevarse a cabo de otra forma), la oveja alcanzó el cuarterón de los portalones del corral, aún con el cordero sobre sus lomos, justo en el momento en el que el lobo trataba de herirla con sus zarpas.
El lobo, exhausto, sin fuerzas ya para dar un paso más, y menos aún un salto, que aquella última carrera presagiaga sería la última de su vida, le dijo a la oveja:
.-Mientras yo sea lobo cano no hié de cantar más el misembano.
.-Y mientras yo sea oveja rucia, no me has de dar otra excaramucia –le respondió ella, mirando al lobo con compasión, que el resentimiento y el odio no son buenos aliados de las temerosas ovejas-.
A continuación, la oveja se dejó caer en el interior del corral y aguardó allí pacientemente a que amaneciera.
El lobo se marchó, más manso, renqueante y viejo que nunca, pues la canción del misembano le había hecho olvidar su cojera, de la misma manera que la carrera se había encargado luego de pasarle factura, también, a la otra pata.
Y a la mañana siguiente, espantada la tormenta, cuando con el concierto de ladridos de los perros comenzaron a sonar las campanas del ganado del pastorcillo -con el que también diera comienzo esta historia-, se oyera la turuta del barrio de la ermita, o el cuerno de tras las casas y la luz del crepúsculo de la alborada diera color al rocío y a la helada; la oveja y su cordero berriearon , con tanta fuerza, que no fue difícil averiguar dónde se hallaban.
Cuando el ti Feico y el pastor dieron con la oveja y su cordero, le dijo el hombre al rapaz:
.-Da gracias a los responsos de la ti Mariquita “Maricueña”, que sin ellos, te habrías llevado un buen escarmiento. De ahora en adelante, rapaz, bien estaría que des muga a tus sueños.
Trató de acordarse para siempre de estas últimas palabras de quién le avisaba que mejor sería que prestase mayor atención en el cuidado del ganado y marcara frontera entre lo tangible y lo irreal.
Mas el pastorcillo, mientras conducía el rebaño de ovejas hacia el campo, no pudo resistir la tentación de sacar de su mochila la paja de centeno que era su gaita, la hizo sonar; y con gran alegría, bailando, bailando, cuando llegó al monte con el rebaño, ya, de nuevo, soñaba.